El vértigo del cambio
- Laetitia PARENT

- 3 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 18 horas
Cuando la vida empieza a chirriar antes incluso de que una haya decidido pasar página.
En la escena del crimen

Hay algo que ya no encaja.
No es un derrumbe espectacular.
No hay escena dramática con música de fondo.
Solo esa sensación rara de que mi vida se ha vuelto como unos zapatos demasiado pequeños: todavía se pueden llevar, pero cada paso te recuerda que ya no son para ti.
En el trabajo, todo va… bien, pero… sin impulso.
Mi relación de pareja funciona, pero en modo ahorro de energía.
Mi día a día, bien organizado, bien lleno… está extrañamente vacío.
Nada alarmante, oficialmente.
Nada que, de cara al mundo, “justifique” una decisión radical.
Pero lo suficiente como para desgastarme, cansarme, irritarme.
Y aun así, sigo.
Hago lo que sé hacer: aguanto el timón.
Incluso podría explicar, con argumentos perfectamente razonables, por qué todo va… en términos generales… bien.
Solo que por dentro, el decorado ya ha cambiado. ¡Tiene que cambiar! Y lo sé.
El cambio todavía no está decidido del todo. Pero ya empezó.
Y esa zona intermedia — ni dentro, ni fuera — es un poco como quedarse atrapada en el rellano con las cajas, sin atreverse a llamar al timbre.
Entonces me pregunté...

¿Por qué es tan incómodo, incluso cuando una quiere cambiar?
¿Por qué una reconversión, una ruptura o una mudanza elegidas dan la sensación de saltar sin red… cuando en realidad has preparado la salida con cuidado?
¿Por qué dejar una situación conocida, aunque sea “normalita”, a veces parece más arriesgado que quedarse un poco más, repitiéndose que podría ser peor?
Y sobre todo: ¿por qué hemos aprendido a interpretar el miedo como una señal de error, cuando muchas veces se parece más a un cartel de “obras en curso”?
¿Y si, al final, lo que da miedo de verdad no es tanto el cambio, sino ese momento exacto en el que ya no sabes muy bien quién eres… sin saber todavía en quién te estás convirtiendo?
Autopsia psico - transitoria

Cambiar es perder algo: lo conocido.
Aunque sea incómodo, lo conocido tranquiliza.
Da referencias. Una identidad. Un papel claro.
Sabes cómo presentarte.
Sabes qué se espera de ti.
Sabes dónde pisas, aunque el suelo esté un poco inestable.
La transición, en cambio, te obliga a atravesar una zona borrosa.
Un pasillo de paso.
Un “entre dos” en el que los roles de antes ya no se sostienen y los nuevos todavía no están definidos.
Y ahí es donde aparecen las grandes preguntas existenciales:
¿Y si me equivocara?
¿Y si lo perdiera todo?
¿Y si no fuera capaz?
La resistencia al cambio no es falta de valentía. Es un intento de protección.
La mente prefiere una incomodidad conocida a una incertidumbre total.
Entonces gana tiempo. Lo racionaliza. Frena. Y a eso lo llama prudencia.
Pero negarse a la transición no la detiene.
Solo la vuelve más larga, más silenciosa… y, muchas veces, más agotadora.
Reeducación emocional

He entendido algo esencial: no se atraviesa una transición eliminando el miedo. Se la atraviesa caminando con él, pero sin darle el volante, el GPS y las decisiones estratégicas.
Ejercicio simple, sin mantras ni promesas milagrosas:
Cojo un papel y un lápiz.Hago una tabla con 3 columnas:
– Lo que realmente dejo (no solo la situación, sino lo que representaba para mí)
– Lo que temo perder si cambio
– Lo que ya estoy perdiendo por no cambiar
Y luego me hago esta pregunta, un poco incómoda pero decisiva:
¿Mi miedo habla de un peligro real… o del duelo por una versión antigua de mí que todavía no ha devuelto las llaves?

Cambiar no es huir.
A veces es aceptar dejar de fingir que cabes en una vida que se ha quedado demasiado estrecha.
Todavía no tengo todas las respuestas.
Pero he dejado de actuar como si la pregunta no existiera.
Y muchas veces, así — exactamente así — es como empieza el movimiento.
CRÓNICA DE UN COACH
SIN FILTRO (SIN INCIENSO)
Para reír, pensar y sanar...
¡Aunque no siempre sea en ese orden!





Comentarios