Cuando llamamos “resiliencia” a lo que sospechosamente parece agotamiento
- Laetitia PARENT

- 7 ene
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 18 horas
O cómo aguantar se ha convertido en una actuación olímpica
En la escena del crimen

Insisto.
En realidad, lo estoy aguantando bien.
Vertical. Recto. Funcional.
Con esa pequeña sonrisa profesional que dice: "Sí, es intenso, pero lo estoy manejando".
Estoy gestionando tantas cosas que ya no sé realmente qué hacer.
Pero lo estoy logrando.
Estoy aguantando porque he aprendido que aguantar es bueno.
Qué sostener, eso era maduro.
Aferrarse a eso era respetable.
Me estoy aferrando como quien aprieta los dientes en el dentista, diciéndote que pronto terminará, excepto que aquí... la sesión lleva meses durando.
Todo el mundo me felicita.
Por mi resiliencia.
Esta magnífica, sólida, gratificante palabra, que se distribuye como una medalla.
Yo sonrío.
Y por dentro me pregunto cuántas noches rotas serán necesarias.
Dejamos de llamar a eso fuerza.
Entonces me pregunté...

¿En qué momento confundí resistir con vivir?
¿Por qué aplaudo mi capacidad de aceptarlo, en lugar de cuestionar lo que estoy aceptando?
¿Por qué negarse a parar se ha convertido en un signo de valor, cuando nadie ha recibido nunca un premio por perseverar hasta la extinción?
Y sobre todo: ¿por qué escucharse a uno mismo todavía se considera tan a menudo un capricho?
¿Cuándo la perseverancia se convierte en una virtud?
Autopsia psico -heroica
(o cómo el adulto fuerte finalmente se quiebra en silencio)

La resiliencia es una cualidad valiosa.
En pequeñas dosis.
Pero si se malinterpreta, se convierte en una trampa muy chic.
La resiliencia se llama:
– el hecho de no agrietarse
– continuar a pesar de todo
– adaptarse aún más
– que ver con
El problema es que el “a pesar de todo” acaba convirtiéndose en una forma de vida.
Así que te acostumbras.
Normalizamos.
Lo que está en proceso de establecerse se llama “período”.
Y como todo esto es muy valorado socialmente,
Nadie se plantea la incómoda pregunta: "¿Pero a qué precio?"
Reeducación de la solidez inteligente (sin capa de superhéroe)

Comprendí una cosa esencial: ser resiliente no significa soportarlo todo.
Un ejercicio sencillo, sin discurso motivacional:
Cojo un cuaderno, un bolígrafo y dibujo una tabla con 4 columnas:
– Lo que tengo hoy
– Lo que realmente me cuesta
– Lo que me prohíbo al llamarlo “normal”
– Lo que temo si me suelto un poco
Y después me hago, con total sinceridad, esta pregunta delicada pero necesaria:
¿Qué pasaría si mi resiliencia se hubiera convertido en una forma elegante de evitar cambiar algo?
Parar no es rendirse.
A veces se trata de elegir diferente.

La resiliencia no es una obligación moral.
No es un deber.
Y ciertamente no un estado permanente.
Quizás sea útil aguantar un poco.
Pero mantenerlo durante demasiado tiempo puede acabar provocando daños.
La verdadera fuerza, a veces,
No se trata de continuar.
Se trata de tener el coraje de decir: “Esto ya no es resiliencia. Esto es desgaste”.
CRÓNICA DE UN COACH
SIN FILTRO (SIN INCIENSO)
Para reír, pensar y sanar...
¡Aunque no siempre sea en ese orden!





Comentarios