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Laetitia PARENT
5 nov 20253 Min. de lectura



Aquí escribo al lado de Lili
No por encima.
No detrás.
Al lado.
Lili es mi personaje.
Un poco yo. Un poco tú.
La que observa, la que tropieza a veces, la que a menudo comprende después, y la que prefiere la lucidez incómoda a las bonitas historias que tranquilizan mal.
Así que no, aquí no encontrarás ninguna receta mágica, ninguna promesa en cinco pasos, ningún mantra fluorescente para recitar frente a un espejo esperando que el universo haga el resto.
Solo una crónica sin filtro ni edulcorantes,
para devolver un poco de lucidez y una dosis de ternura allí donde demasiado a menudo se nos sirven ilusiones, hipocresía o storytelling de cartón.
Aquí hay escenas de vida.
Comportamientos humanos.
Pequeñas tragedias cotidianas.
Y grandes preguntas existenciales — las que uno se hace entre dos cafés, a las once de la noche, o cuando nada parece tener realmente sentido.
Todo está diseccionado con finura, franqueza y un toque de ironía elegante (porque reír un poco a veces ayuda a no mentirse del todo).
Nada de desarrollo personal rosa chicle.
Nada de psicología de barra de bar.
Nada de “todo va bien, respira por el chakra de la felicidad”.
Solo una palabra clara, lúcida y libre
para comprender lo que se juega en nuestras relaciones — personales o profesionales— en nuestras elecciones, nuestros esquemas,
y en esa extraña disciplina que llamamos la vida adulta.
Crónicas para pensar, sonreír, a veces reconocerse, y siempre avanzar con un poco más de verdad.
Aunque no sea confortable.
Aunque a veces Lili ponga los ojos en blanco.
Escribo simple.
No porque las cosas sean simples.
Sino porque ya son lo suficientemente complicadas como para no añadir más.
Escribo sin jerga, sin palabras cultas innecesarias, sin esa capa de vocabulario opaco que a veces da la ilusión de profundidad cuando en realidad solo mantiene a los demás a distancia.
Esta elección no es estética.
Es política.
En ciertos entornos —intelectuales, institucionales, culturales— el lenguaje sirve menos para transmitir que para seleccionar.
Dice sutilmente:
si entiendes, eres legítimo.
Si no entiendes, no eres realmente de aquí.
La jerga se convierte en un marcador social.
Una frontera invisible.
Un medio elegante de conservar el poder simbólico entre unos pocos.
No escribo contra el saber.
Escribo contra su confiscación.
Contrariamente a una idea muy extendida, las personas que dominan un tema no son más inteligentes que las demás.
Sobre todo han tenido —o se han tomado— el tiempo.
El tiempo de aprender.
De equivocarse.
De volver a empezar.
De comprender de verdad.
Y ese tiempo, con curiosidad y exigencia, cualquiera puede dedicarlo a algo.
El vocabulario complicado no hace que un tema sea más noble.
A veces lo vuelve deliberadamente inaccesible.
Hacer las cosas claras no es simplificarlas en exceso.
Es comprenderlas lo suficiente como para saber qué quitar.
Divulgar es elegir la precisión antes que el efecto.
Es preferir la comprensión a la admiración.
Es aceptar que otros puedan apropiarse de lo que se transmite.
Y sí, eso incomoda.
Porque una idea clara circula.
Una idea clara libera.
Una idea clara no pertenece a quienes la formularon primero.
No escribo para tranquilizar a toda costa.
No escribo para seducir.
No escribo para vender soluciones rápidas a problemas complejos.
Aquí no encontrarás:
ninguna receta mágica,
ningún método milagro en cinco pasos,
ningún mantra fluorescente que supuestamente arregle una vida en tres respiraciones.
En su lugar, encontrarás:
lucidez,
responsabilidad,
discernimiento,
allí donde los discursos simplistas fracasan.
Escribir así es renunciar al entre-nosotros.
Es aceptar ser a veces juzgada como demasiado simple por quienes confunden complejidad y sofisticación.
Pero también es permitir que otros puedan decirse:
«Entiendo. Entonces puedo pensar. Entonces puedo decidir».
Y para mí, ahí es donde empieza el verdadero trabajo.
Escribo para que las palabras abran. No para que impresionen.
Escribo para que el pensamiento circule. No para que se congele.
Si esta manera de escribir te habla, entonces estás exactamente en el lugar adecuado.
Si no, tienes todo el derecho a cerrar la puerta.
Aquí no hay insignias, ni jerga, ni carnet de miembro.
Solo una palabra clara, lúcida y libre.
Escribir así es renunciar al entre-nosotros.
Es aceptar ser a veces juzgada como demasiado simple por quienes confunden complejidad y sofisticación.
Pero también es permitir que otros puedan decirse:
«Entiendo. Entonces puedo pensar. Entonces puedo decidir».
Y para mí, ahí es donde empieza el verdadero trabajo.
Escribo para que las palabras abran. No para que impresionen.
Escribo para que el pensamiento circule. No para que se congele.
Si esta manera de escribir te habla, entonces estás exactamente en el lugar adecuado.
Si no, tienes todo el derecho a cerrar la puerta.
Aquí no hay insignias, ni jerga, ni carnet de miembro.
Solo una palabra clara, lúcida y libre.
Aquí se habla claro.
Se abren "expedientes".
Y se ríe, a menudo, para no llorar.